Por El Impulso

A partir del 14 de enero de 1856, cuando éramos la Provincia de Barquisimeto, la procesión de la Divina Pastora ha constituido un significativo hecho en la vida religiosa y cultural de los barquisimetanos. Forma parte de la llamada barquisimetaneidad.

En torno a esta actividad se registra una variedad de hechos que concitan la atención de la feligresía. La femenología sociocultural que se experimenta anualmente y que moviliza a unos 3 millones de personas.

Uno de los mismos lo constituye la vestimenta que lucirá la imagen el 14 de enero. Es un elemento pertinente del fenómeno religioso que reúne cada año hasta más de 3 millones de feligreses.

La expectación es general hasta el anuncio formal que hacen las autoridades religiosas por conducto de la Arquidiócesis de Barquisimeto. La gente lo espera como un antecedente de la procesión que une espiritualmente a los larenses.  

Esta procesión 168, sin lugar a dudas, ha roto los convencionales esquemas por sus características singulares y novedosas. Esta vez no es un vestido más el que luce la santa patrona.

Se sale de lo común del anuncio de un atuendo sin trascendencia alguna que si acaso se limitaba al diseño, corte y color y nada más. Esta vez la dedicatoria a la ciudad madre de El Tocuyo y su danza folclórica de El Tamunangue ha impactado a los numerosos devotos de la virgen, por su pertinente significado: religioso, cultural, filosófico, social, económico y demográfico.

El Tocuyo junto con Coro, durante la conquista, fueron las ciudades madres del occidente venezolano. De ambas partieron las expediciones  de los fundadores de las nuevas urbes cuando éramos un territorio ancho y ajeno poblado por diversas etnias indígenas. Una urbe agrícola productora de caña de azúcar con el uso de mano de obra esclava. 

La vestimenta es también una expresión de la cultura del hombre en sociedad con su variedad de prácticas. La del tamunangue tiene sus específicos componentes. Forman parte de lo artístico y antropológico desde la llegada del negro esclavo africano a la zona comprendida entre Curarigua y El Tocuyo en cuyos cañaverales cumplían agotadoras jornadas de trabajo de hasta doce horas diarias.

Pero en esos tiempos no combinaban tamunangue y catolicismo pese a  estar dedicado el baile a San Antonio de Padua. El acceso de la imagen del santo y los tamunangueros a las iglesias estaba prohibido. Su accionar estaba restringido a las haciendas, cominos, calle y plazas. Esa situación de marginamiento perduró hasta bien avanzado el siglo XX. El tamunangue no era bien visto por la Iglesia Católica calificándolo de profano.

Toda actividad humana y objetos del entorno tienen su significado simbólico de acuerdo con su valor de uso y valor de cambio.

En su origen y posterior evolución la danza del Tamunangue lo ha experimentado en diversos contextos. Desde baile folclórico proscrito y mal visto por el poder sociopolítico hasta la permisividad actual alcanzando la categoría de Patrimonio Cultural de la Nación. 

En tal sentido, este solemne atuendo creemos cumple varios objetivos de carácter valorativo, a saber:

  • Revaloriza la danza folclórica del tamunangue
  • Fortalece la fusión entre lo religioso confesional y lo popular
  • Reafirma nuestra identidad regional
  • Promueve el sincretismo cultural

Históricamente la vida del hombre ha discurrido en medio de un universo simbólico, entre cuyos componentes tenemos la religión y el arte. 

Los símbolos presentes en este atuendo lo conforman en primer lugar el icónico baile del tamunangue surgido entre Curarigua y El Tocuyo en el siglo XVI, la indumentaria de las mujeres participantes, el garrote, la caña de azúcar, las cayenas y el liquiliqui.  

Los colores más resaltantes del  ropaje son el rosado y blanco de tono frío y suave transmisores de los sentimientos de amor, paz, fe, fraternidad, serenidad, convivencia, armonía, solidaridad y justicia.

El culto mariano a la Divina Pastora desde la perspectiva de una danza y la historia de una ciudad, nos rememora los signos de identidad de la dinámica zona del municipio Morán. 

La virgen vestida de tamunanguera marca un rencuentro con nuestros ancestros danzarios en que predominan los elementos artísticos del español, indígena y el negro esclavo africano.

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