Por Ing. Carlos Lozada

Desde El Trapiche, el humo de la chimenea se eleva, mezclándose con el aroma dulce de la caña y, hoy, con el polvo de los recuerdos. Muelo para ustedes no solo guarapo, sino una historia personal tejida en goma y asfalto, en huellas que marcaron más que el suelo: marcaron una vida.

Mis viejos zapatos Adidas. Comprados en 2014, fueron mucho más que calzado deportivo. Fueron testigos silenciosos, compañeros de ruta en una década que moldeó mi destino. Con ellos recorrí las calles ardientes de las manifestaciones, sintiendo bajo sus gomas el pulso de un Barquisimeto en ebullición. Los mismos zapatos que un después caminaron con propósito durante la campaña a la Asamblea Nacional en 2015, llenos de esperanza y de ese desgaste honesto que solo da el trabajo de puerta en puerta.

Después, les tocaría un ritmo distinto: el de las visitas a obras en la alcaldía de Jiménez, el de las caminatas para apoyar el suministro de agua en Tintorero. Pisaban con la intención de servir. Pero la vida da vueltas como la rueda de un trapiche, y en 2017, esos mismos zapatos conocieron el miedo. Corrieron sobre el asfalto caliente, esquivando perdigones, bombas y el sonido seco del peligro. Fueron años de huida, de resistencia, grabada en cada rozadura y en el desgaste acelerado de su tejido.

Llegó 2018, y con él, una pausa pesada. El desánimo se posó como el polvo sobre ellos, guardados en un rincón. Pero un testigo verdadero nunca se retira del todo. En 2019 volvieron a la acción, y en 2020, a un caminar más lento, reflexivo, cargado de esa pregunta que nos quema por dentro: «¿Por qué pasa lo que pasa?».

La respuesta, curiosamente, no estaba en la ciudad. En 2021, mis Adidas cambiaron el concreto gris por la tierra y las lajas. Dejaron atrás el ruido por el canto de las quebradas. Buscaron, conmigo, caminos polvorientos en el caserío La Morita, el lugar de mis raíces, al que volví después de «muchísimos» años. Ya estaban cansados, pagaron su precio. Pero aún tenían una última misión: ayudarme a construir mi renovación.

Con ellos puestos, trabajé las vegas de esta tierra hermosa. Con ellos, di clases y realicé monografías académicas, convencido de que solo con trabajo se logran las cosas, porque no conozco otra manera. Fueron sus últimos pasos. Acabaron viéndome feliz, con los pies firmes en el suelo que me vio crecer. Esos zapatos ya no existen, pasaron a mejor vida, pero en su desgaste final guardaron el testimonio más valioso: el de un reencuentro, el de un regreso que lo cambió todo.

De ese cambio profundo, de cómo volver a las raíces puede sanar el alma y dar un nuevo sentido al camino, les hablaré la próxima semana. Los espero aquí, en este rincón trapichero, para seguir moliendo juntos nuestras historias.

Hasta entonces, trapicheros. Y un agradecimiento especial a la gentileza de Carache Online, por permitirme ser parte de este equipo de articulistas y compartir con ustedes, semana a semana, el guarapo de estas vivencias.

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