La semana pasada, inspirados en la serenidad de los bosques finlandeses, hablamos de una educación basada en la confianza. Hoy saltamos al otro lado del mundo, a Singapur, donde la educación no crece de forma natural, sino que se construye con precisión de ingeniería. Si Finlandia nos inspira con su filosofía, Singapur nos sorprende con su método sin fallas. Y en el centro de todo, están sus maestros.

No es casual que Singapur, un país sin petróleo ni minerales, esté siempre en los primeros puestos de las pruebas educativas mundiales. Su idea es simple: su único recurso valioso es su gente, y para aprovecharlo al máximo, necesitan a los mejores formadores de mentes. Por eso, ser maestro allí es tan difícil como entrar a una empresa de élite. Solo uno de cada ocho que aplica logra ser aceptado, y la mayoría viene de los mejores estudiantes de la universidad. No buscan a cualquiera, buscan a los mejores.

Pero ser seleccionado es solo el comienzo. La formación que reciben estos elegidos no es solo teoría. Es un entrenamiento de alto rendimiento, con reglas claras:

1. Todo planificado: Cada futuro maestro sigue un programa detallado que mezcla cómo enseñar, el conocimiento de la materia y práctica real. Nada se deja al azar.
2. Aprendizaje que no para: La formación continúa toda la carrera. Tienen garantizadas más de 100 horas al año de cursos de actualización, pagados, para estar al día en lo que el país necesita.
3. Lo que funciona, cuenta: Evalúan constantemente los métodos. Las aulas son como laboratorios donde se prueba qué estrategia ayuda más a aprender.
4. Se adaptan rápido: El sistema cambia cada pocos años, mirando hacia el futuro. Los maestros son los primeros en aprender estos cambios.
5. Todo por el país: Esta es la clave. Formar un gran maestro no es solo para tener buenas clases; es para construir el futuro de la nación. Un buen profesor de ciencias puede inspirar a los ingenieros que el país necesitará mañana. Es una cadena que empieza en el aula.

¿Y qué podemos aprender en Venezuela? No se trata de copiar el sistema competitivo de Singapur. Se trata de entender algo más profundo: un país que no cuida, forma y valora a sus maestros con seriedad y constancia, está jugando con su futuro. Finlandia eligió el camino de la confianza; Singapur, el de la precisión. Ambos requieren voluntad política, continuidad y una visión de país a largo plazo.

¿Nuestra fórmula? Quizás una que, con calidez, tome lo mejor de ambos mundos: seriedad en la formación, con un corazón inclusivo. Pero para eso, primero hay que creer que la educación no es un gasto ni un campo de batalla. Es la inversión más inteligente, y su pieza clave es el maestro.

Singapur nos muestra que han logrado que ser maestro sea sinónimo de ser un profesional de alto impacto, formado con la misma exactitud con la que se planifica una ciudad. Es ingeniería aplicada a las aulas y a quienes enseñan en ellas. Y esa disciplina, al servicio de un proyecto común, es quizás la lección más potente que nos deja.

Nos leemos el próximo miércoles. Mientras tanto, cuiden ese trapiche de ideas que cada uno lleva dentro.

Un abrazo desde el escritorio.

Carlos Lozada
Ingeniero Civil | Columnista

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