La evolución del discurso oficial estadounidense ha seguido esa escalada guerrerista, pasando de cuestionar la legitimidad electoral a acusaciones de narcoterrorismo y alianzas con amenazas globales. Examinemos el derrumbe de cada una de las causales que en principio han motivado el despliegue militar de EE. UU. y lo que revela.

Análisis del colapso de las narrativas y su objetivo estratégico.

Maduro como «líder del Tren de Aragua»:

  • Narrativa: Busca personalizar y demonizar, conectando al gobierno con una de las crisis de moralidad y seguridad más sensibles de la región. Es una narrativa potente para justificar una intervención «policial» o de «seguridad».
  • Inconsistencia y derrumbe: Carece de pruebas directas y verificables presentadas ante instancias internacionales. El Tren de Aragua es un fenómeno criminal transnacional con dinámicas propias, no un brazo armado del Estado. Su expansión por Suramérica sin control territorial en Venezuela (opera desde prisiones y zonas fronterizas) debilita la idea de un control centralizado desde Miraflores. La narrativa se percibe como una instrumentalización de un problema real para fines geopolíticos.

Cártel de los Soles y fentanilo:

  • Narrativa: Apunta al corazón del aparato de Estado (las FANB) y vincula a Venezuela con la crisis de opioides en EE. UU., un tema de máxima prioridad doméstica.
  • Inconsistencia y derrumbe: Aunque hay «indicios históricos» y casos judiciales de corrupción vinculada al narcotráfico en altos mandos (lo que el gobierno atribuye a casos aislados), la acusación de ser «principales responsables» del fentanilo que llega a EE. UU. es estadísticamente insostenible. La DEA y organismos especializados (ONU) señalan que el flujo principal del fentanilo proviene de precursores químicos fabricados en China e India, sintetizados en México y traficados por cárteles mexicanos asociados con financistas estadounidenses y de la Junta del Narcotráfico. Esta acusación exagerada queda al descubierto al contrastarla con los datos oficiales de interdicción, revelando su uso como un emblema de máxima presión, no como un reflejo de la realidad del tráfico.

Resguardo a grupos terroristas globales (Hezbolá, ISIS, etc.):

  • Narrativa: Es la justificación de «seguridad nacional» y «amenaza extracontinental» más potente. Busca enmarcar a Venezuela no como un problema democrático regional, sino como una «cabecera de playa» para amenazas globales contra Occidente, reactualizando la Doctrina Monroe en clave de «guerra contra el terror».
  • Inconsistencia y derrumbe: Nunca se han presentado evidencias irrefutables de bases operativas, campos de entrenamiento o actividades terroristas dirigidas desde suelo venezolano. Existen vínculos políticos y económicos documentados con Irán y sus aliados (relación de Estado a Estado), pero extrapolar eso a un «resguardo» operativo de ISIS o hutíes es un salto lógico sin sustento público. Expertos en contraterrorismo suelen calificar esta amenaza como «sobredimensionada». La narrativa se desinfla por su falta de especificidad y por el silencio de las agencias de inteligencia aliadas de EE. UU., que no la han secundado con el mismo vigor.

Gobierno «de facto» e «irrito»:

  • Narrativa: Es la justificación fundacional y legal. Busca despojar de legitimidad al gobierno para reconocer a uno alternativo y justificar cualquier acción.
  • Inconsistencia y derrumbe: Esta narrativa colapsó en la práctica. Fue abandonada de facto por la propia administración estadounidense y por la mayoría de sus aliados al reanudar contactos, negociar licencias petroleras y sentarse a dialogar con el mismo gobierno que declaraban «inexistente». La Unión Europea, Canadá y actores clave de Latinoamérica, aunque críticos, nunca adoptaron plenamente la tesis del «gobierno interino» y han buscado una salida negociada con las instituciones existentes. El reconocimiento de Guaidó se esfumó sin lograr su objetivo, mostrando que fue una herramienta de presión fallida.

¿Qué revela el derrumbe de las narrativas?

El fracaso secuencial de estas narrativas no es casual. Muestra una evolución desde una causa «legítima» (elecciones) hacia causas cada vez más extremas y difícilmente demostrables (terrorismo, fentanilo), necesarias para mantener y escalar la presión ante el fracaso de las medidas iniciales.

Esto denota con claridad que el objetivo trasciende las razones declaradas.

La «voracidad imperial por los recursos» es un elemento central, pero en un sentido geopolítico amplio:

  • Recursos energéticos y minerales: Retomar el control de la mayor reserva de hidrocarburos del mundo y minerales estratégicos (oro, coltán, tierras raras y otros) en un contexto de reconfiguración energética global.
  • Eliminar un «Estado fallido aliado» de Rusia, China e Irán en el hemisferio occidental, considerado una vulnerabilidad en la competencia entre grandes potencias. Dar un fuerte golpe económico al multilateralismo.
  • Enviar un mensaje disuasivo: Evitar que otros países de la región sigan un camino de autonomía estratégica y alianzas extrahemisféricas.

Ganador narrativo (hasta Navidad 2023):

El gobierno venezolano. Ha logrado que la desproporción entre las acusaciones (extremas) y las pruebas presentadas (débiles o inexistentes) sea evidente para una parte significativa de la comunidad internacional, especialmente en el Sur Global. Esto le ha permitido replegarse al principio de soberanía y no intervención —un terreno jurídico y moral mucho más sólido y compartido— y desviar el debate de sus vulnerabilidades internas hacia los abusos del poder imperial. La estrategia de resistencia y diplomacia de paz ha sido, en gran medida, la de exponer y sobrevivir a este guion cambiante de narrativas, ganando tiempo y dividiendo a sus adversarios. El verdadero campo de batalla ahora no es el de las acusaciones, sino el de la capacidad de gestión económica interna y la habilidad para capitalizar este relativo triunfo narrativo en acuerdos concretos que alivien la presión sobre la población.

Prof. Julio César Benítez Zapata

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