Por Ing. Carlos Lozada
El humo de la chimenea se eleva, mezclándose con el aroma dulce de la caña, pero hoy acá, Desde el Trapiche, el guarapo no sabe igual. Les había prometido continuar mi historia personal esta semana, pero la vida, a veces, nos cambia el guión. Un hecho reciente en nuestro querido Carache durante estos días de Carnaval me llevó a guardar esa historia para otra ocasión. Lo vivido me dejó con un sabor amargo y una reflexión que urge compartir.
Carache es una belleza. Lo digo con el orgullo de quien conoce algunos rincones. Ofrece paisajes que quitan el aliento, tradiciones culturales que son puro sabor y una calidez en su gente que es el mejor imán para el visitante. Tenemos todo para ser un destino soñado. Pero, ¿nos hemos dado cuenta realmente de ese bien?
Parece que no del todo. Y en lugar de avanzar, a veces retrocedemos. Lo sucedido este martes de Carnaval fue un claro ejemplo: hordas desenfrenadas, disfrazadas de «juego», que convirtieron la fiesta en un caos, irrespetando al ciudadano y al visitante por igual. Ese espectáculo de desorden, que rápidamente se multiplica en las redes sociales, es un machetazo a nuestra propia identidad.
Pensemos en frío, como cuando calculamos el rendimiento de la caña. ¿Cuántos ingresos se evaporan cuando el turista, asustado, decide no venir? ¿Cuántas familias dejan de llenar las posadas, de saborear un plato en nuestros restaurantes o de comprar unas cervezas para disfrutar con familiares y amigos en distintos lugares? Cada visitante que se aleja por el miedo al bochinche se lleva consigo dinero que podría alimentar la economía de muchas familias aquí, en nuestro municipio.
Esta situación debe llamarnos a todos, sin excepción, a una reflexión profunda. Tenemos un potencial turístico enorme, pero parece que no hemos sabido explotarlo con la sabiduría que nos caracteriza. No nos ganemos en la región el triste calificativo de «bochincheros». Al contrario, debemos trabajar unidos, con el mismo esfuerzo con que se muele la caña, para construir una reputación de pueblo acogedor, seguro y lleno de auténtica riqueza.
Afortunadamente, hay gente valiosa que, incluso en este contexto, hace el máximo esfuerzo por poner bien en alto el nombre del turismo carachense. A ellos, nuestro reconocimiento. Pero el esfuerzo debe ser de todos. Seamos conscientes. Cuidemos nuestros espacios, respetemos al vecino y al visitante, y mostremos lo mejor de nosotros.
Hagamos de Carache no solo el mejor lugar para vivir, sino el mejor lugar para visitar. Que el humo que se eleve sea solo el de nuestro progreso, mezclado con el dulce aroma de la caña y la promesa de una bienvenida sincera.
Trapicheras y trapicheros, nos encontraremos la próxima semana, moliendo nuevas ideas. Hasta la vista.
